La explosión de Manuel Corpas

Por MELISSA SEGURA, SI LATINO
Posted: 2008-02-12 15:48:52
Filed Under: SI Latino
Lo intentó en serio. Por una vez quería ser el chico bueno. Manuel Corpas recogió la ropa sucia repartida por el suelo de la habitación de un hotel de Ciudad de Panamá que compartía con su novia, empacó una bolsa con su ropa y otra con la de ella, y tomó un taxi hasta la lavandería más cercana. La pareja se hospedaba en el hotel en parte porque Corpas estaba refaccionando la casa de su infancia en las afueras de la capital, y en parte porque, por primera vez, podía pagar una buena habitación. Su novia, Amy Spanier, había bajado al gimnasio del hotel, y Corpas quería sorprenderla con la ropa limpia.

Quería demostrarle cuánto apreciaba el apoyo que le había dado en 2006, cuando tuvo que bajar un colchón matrimonial sola por las escaleras de su edificio en Tulsa, ya que Manuel acababa de ser enviado a un equipo de ligas menores en Colorado Springs, y había que mudarse; y una semana después, cuando tuvo que explicarle a su jefe y al conserje del edificio de Colorado que se volvían a mudar porque al pelotero lo habían convocado a las mayores. Lavar la ropa era lo mínimo que Manuel podía hacer.

Tras doblar las blusas y camisas limpias en la lavandería, Corpas tomó otro taxi de vuelta, y entró campante al hotel con una sola bolsa de ropa. La suya.

Un hombre común hubiese regresado corriendo a la calle para buscar de manera desesperada el taxi con olor a lavandería. Pero Corpas es un lanzador de Grandes Ligas. Sólo tuvo que ir a la central de taxis y decir, "Soy Manuel Corpas". La ropa apareció casi de inmediato.

En Panamá, la frase "Soy Manuel Corpas" es como el genio de la lámpara de Aladino: concede deseos y abre puertas casi por arte de magia. En cuestión de segundos esas tres palabras despejan las mejores mesas de los restaurantes de moda y abren las puertas de los clubes nocturnos más exclusivos. El cerrador que contribuyó a que los Rockies de Colorado llegaran a la Serie Mundial 2007 es el pelotero más querido del país. Cuando se desplaza por la ciudad, los conductores de los demás autos bajan los cristales para tomarle fotos.

Es cierto, los panameños están orgullosos de Rod Carew, el integrante del Salón de la Fama nacido en Gatún; y también del capitalino Mariano Rivera. Pero Carew cursó la secundaria en Nueva York, y Rivera no quiso vestir la camiseta panameña en el Clásico Mundial de Béisbol 2006. Corpas, dicen sus compatriotas, es nuestro.

En apenas un año, muchos panameños que ni sabían que Colorado tiene montañas se convirtieron en expertos de los Rockies y su serpentinero diestro, el de la recta de 95 millas por hora y sinker venenoso. Ahora se amontonan en bares y mesones para ver los juegos de Colorado, o por lo menos las últimas dos entradas, cuando sube su paisano al montículo. En su primer año completo en las mayores, Corpas le arrebató el puesto de cerrador a Brian Fuentes, el tres veces integrante del Juego de Estrellas, y estableció el récord de su equipo en cuanto a la efectividad de un relevista (2.08), acumulando cinco salvados durante la postemporada, igualando la marca de Grandes Ligas conseguida por Rivera con los Yankees en 2003. Corpas podría incluso haber superado el registro de Rivera de no ser porque los Rockies fueron barridos por los Boston Red Sox en la Serie Mundial. De todos modos, si bien sus logros deportivos lo han consagrado en Panamá, la verdadera razón por la que Manuel es adorado en su país natal es el profundo vínculo que mantiene con su tierra.

el chico siempre supo lo que quería ser en la vida: jugador de béisbol. Lanzador o receptor, para ser más exacto. Se imaginaba sobre la lomita del pitcher desde que tenía memoria, pero se daba por satisfecho permaneciendo en cuclillas detrás del plato, cubriendo su cuerpo con pedazos de cartón que hacían las veces de las espinilleras y pecheras que había visto en los partidos de Grandes Ligas por televisión. Eso sí, no estaba dispuesto a jugar en cualquier otra posición. Las mujeres Gil, el lado materno de la familia de Manuel, vivían todas en un terreno de Chilibre, unas 14 millas al noroeste de la capital panameña. Habían engendrado una cuadrilla de muchachos que, junto a varios amigos del vecindario, formaban un equipo completo de béisbol. Para no jugar con uno menos, los primos de Manuel daban el brazo a torcer y dejaban que Puni -así le decían, nadie sabe por qué- fuera lanzador o receptor.

Todos los días, cada uno de los primos se paraba en su propio patio e impostaba una voz de locutor de béisbol. "Desde el Estadio Mariano Bula en Colón, en el jardín izquierdo, ¡¡¡Rooonnie!!!".

"Desde el Estadio Matuna en La Chorrera, en la tercera base, José Ángel Delgaaado". Los muchachos, con sus uniformes escolares de pantalones cortos rojos y camisetas blancas, hasta creían escuchar el rugido del estadio imaginario mientras atravesaban el sendero de tierra que conducía al diamante improvisado. Jugaban hasta que las ramas de palmera que usaban como bates se rompían, o hasta que se quedaban sin pelotas de tenis para batear, o bien hasta que escuchaban el zumbido del autobús en el que volvían del trabajo sus madres, quienes habían dejado una lista de quehaceres domésticos para sus hijos. Con ese ruido los chicos salían corriendo a lavar platos o barrer el patio. Todos, excepto Puni, que se quedaba en el campo de juego, furioso de que los otros lo hubieran abandonado con la cuenta 3 a 2 sobre el bateador.

Agotada de trabajar en la capital de empleada doméstica de una mujer estadounidense, Florencia Gil de Corpas refunfuñaba mientras buscaba la manera de lograr que Puni cumpliera con lo que le había pedido. Agarró lo único que pudo encontrar que fuera tan duro como la cabeza de su hijo -una sartén- y le pegó en el trasero. Cuando se convenció de que esos golpes no surtían efecto, pensó en buscar ayuda profesional. Manuel tenía 9 años la primera vez que fue al psicólogo. "No quiere estudiar, no quiere hacer nada de lo que le digo", le dijo Florencia al doctor. "Sólo quiere jugar a la pelota".

El profesional le aseguró que Puni era un niño normal. Manuel, sin embargo, no sólo siguió evitando las tareas domésticas, sino que también comenzó a faltar a clases. El nuevo disgusto aumentó la presión sanguínea de Florencia, que debió internarse en el hospital varias veces. Cuando Puni tenía 10, se subía al autobús escolar, pero no se bajaba en la parada de la escuela. Hacía el recorrido de vuelta, reapareciendo en casa una hora después. Miraba a su mamá a los ojos y le mentía, "No sé qué pasó. La maestra no vino". Después partía al campo de béisbol con la mochila llena de pelotas de tenis en vez de libros, y lanzaba contra muchachos de más de 20 años. De vez en cuando alguno miraba a Puni y preguntaba en voz alta, "¿Qué hace él aquí?".

"Déjalo", contestaba uno de los que ya lo había visto jugar.

Y entonces Puni lanzaba su recta. "Nunca nadie me echó después de eso", diría años más tarde.

Luego de foguearse con esos jóvenes, Manuel no tenía competencia entre los niños de su edad. Con él sobre la lomita, el club Panamá Metro conquistó tres campeonatos nacionales de béisbol juvenil de manera consecutiva. Eso, a su vez, lo llevó a Taiwán, donde lanzó para la Selección Panameña Sub-16 en el Mundial de 1999. Fue allí mismo donde un día se dio cuenta de que un hombre corpulento y calvo no paraba de observarlo dentro de un mercado.

"Lo miraba, y él desviaba la vista", dice Corpas. El sujeto lo siguió hasta donde estaban los refrescos. Luego hasta la caja, la calle y el hotel. Siempre guardando una distancia prudente. "Era como en las películas", agrega. "Si me detenía, él también paraba".

Cuando fue a esconderse a la habitación del hotel, Manuel vio la lucecita de mensajes parpadeando en el teléfono. "Hay un cazatalentos", le decía la voz de su entrenador Cristóbal Girón, "y quiere probarte".

"¿Es gordo y pelón?", preguntó Corpas al hablar con Girón. "Ese mismo".

Tim Ireland, que en 1999 era el coordinador de los Rockies en los países del Pacífico asiático, coincidió con la imagen que Manuel tenía de sí mismo. El chico huesudo, de brazos tan largos como sus piernas, era un pitcher.

Al día siguiente, el adolescente panameño y el cazatalentos estadounidense se metieron a un antiguo estadio y comenzaron a lanzar. Puni tiró una recta de 82 millas por hora, luego otra que registró 83, y otra, y otra más. Pero justo antes de que lanzara su séptima recta consecutiva, Ireland, que lo venía observando en silencio, dijo, "Ya". De golpe se esfumó la confianza que Manuel había mostrado a sus 10 años, enfrentando a bateadores del doble de su edad. Y pensó: "Ésta no es la primera vez que decepciono a un cazatalentos, pero podría ser la última". Y es que los Yankees, Pirates, Mariners, White Sox y Rangers ya lo habían puesto a prueba en Panamá, y ningún club le había ofrecido contrato al considerarlo demasiado joven. "Otra vez", pensó Manuel. "Nadie va a ficharme. Ya estoy cansado de esto".

Tan cansado estaba, de hecho, que la llamada telefónica a las 8 de la mañana siguiente lo encontró durmiendo profundamente. "Manuel", dijo Ireland, chapurreando en español, "me gustaría contratarte". Manuel Corpas no sólo consiguió su primer contrato profesional a casi 10,000 millas de su casa, sino que además negoció con Ireland para que aumentara la prima por firmar de $15,000 a $17,500.

De vuelta en Panamá, Manuel se dirigía al aeropuerto para viajar a Venezuela, donde participaría en la liga de verano. Pero mientras sus parientes lo abrazaban y besaban, vieron algo que ni su madre (sartén en mano) ni los bateadores panameños habían visto en su rostro: miedo. El temor a subirse a un avión le retorció los intestinos.

Hubo una sola vez que Corpas quiso subirse a un avión. Después de aterrizar aquel día en Caracas, el adolescente miró alrededor y se dio cuenta de que no conocía a nadie. Vagó por el aeropuerto, pidiendo que le dijeran la hora. "Me vuelvo a Panamá", dijo a los representantes de los Rockies cuando llegaron a recogerlo. Pero eso costaba dinero que no tenía. Así que se subió al automóvil y tres horas más tarde llegó a la academia venezolana de los Rockies. Los entrenadores del equipo fueron pacientes con su prodigio panameño: limitaron su trabajo en la liga venezolana en 2000, y el verano de 2001, en la liga dominicana, cambiaron su técnica de lanzamiento. Fue cuando registró una efectividad de 2.24 en 15 partidos, siendo abridor en cinco de los juegos. Durante los cinco años siguientes fue de aquí para allá en las ligas menores de Estados Unidos. Se alimentaba principalmente de pan y cereales, incapaz de tragar la cocina regional estadounidense.

En 2005, en una serie de juegos con su equipo de la localidad californiana de Modesto, vio a una rubia de ojos verdes en las graderías de la cercana ciudad de Bakersfield, y pidió que se la presentaran. Amy no hablaba mucho español y Manuel no lo hacía mejor con el inglés, pero pronto se hicieron inseparables. Llegado el 2006, cuando encontró su verdadera posición -la de cerrador-, ya eran pareja.

Esa temporada saltó de la Doble A a las mayores. El 2007 lo comenzó como relevista, pero el 7 de julio, luego de que Fuentes dejara escapar cuatro salvadas consecutivas, Corpas se convirtió en el cerrador de Colorado. Fuentes no se resintió. Corpas necesitará tomar un calmante para subirse a un avión, pero sobre la lomita el lanzador de 6'?3" y 170 libras "no conoce el miedo", según Fuentes. La explosión del panameño coincidió con la impresionante recuperación de los Rockies, que remontaron una desventaja de cinco juegos en la lucha por el comodín, y ganaron el banderín de la Liga Nacional al barrer a los Phillies y los Diamondbacks. Esta noche no tiene la sensación de estar rodeado de extraños. El presentador del Fiesta Casino de Ciudad de Panamá acaba de gritar, "¡Damas y caballeros, reciban con un aplauso a Manuel Corpas!". Desde el balcón VIP del casino, el astro de 25 años saluda a la multitud que lo vitorea desde abajo como si fuera Evita Perón. Es casi la hora cero de una noche de diciembre. Corpas no ha lanzado una sola bola desde el fin de la temporada. Está haciendo lo que le ordenaron los Rockies: descansar.

La rutina que Corpas se ha impuesto para recuperarse de las 88?1/3 entradas que lanzó en 2007 -nunca antes había trabajado tanto- suena más bien como unas vacaciones soñadas. Hoy, por ejemplo, tras dormir hasta tarde y almorzar en uno de los mejores restaurantes italianos de la ciudad, se dirigió a un campo de tiro, donde disparó a un blanco con el dibujo de una silueta humana. En Panamá, Corpas siempre va armado con una pistola porque, según él, "Aquí uno nunca sabe lo que puede pasar". Luego Corpas visitó un centro comercial; cenó en un restaurante de la zona de moda, el Causeway, y por último terminó en el casino, apostando a la ruleta con su agente Tom O'Connell, y alimentando las máquinas tragamonedas con Amy.

Ahora se para frente a una máquina con luces titilantes rojas, blancas y azules. Las letras dicen "The American Game", nombre que otros usan para referirse al béisbol. Son un cuarto para las tres de la madrugada y el engendro eléctrico escupe un kilo de monedas de 25 centavos. Corpas corre a la caja del casino para cambiar el metal a billetes, consciente de que hoy en día, para él, esta montaña de monedas sólo sirve para la lavandería.±

2008-02-12 15:47:57

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