Luego de la peor semana del peor mes en la historia de los Mets, el gerente general adjunto del club, John Ricco, decidió que hacía falta un poco de terapia de grupo. Ricco, de 39 años, es uno de esos jóvenes dirigentes de béisbol entrenados para leer contratos y preparar casos de arbitraje. Pero en la Universidad de Villanova había tomado suficientes clases de psicología como para aprender las diferentes maneras de lidiar con una pérdida o un fracaso.
Así que después de que los Mets despilfarraron una ventaja de siete juegos en la División Este de la Liga Nacional con apenas 17 encuentros por jugar en septiembre pasado, Ricco compuso un memorándum titulado "Las cinco etapas del dolor" para sus colegas de oficina. Escribió una descripción de cada uno de los estados: negación, rabia, depresión, negociación y aceptación. Luego incluyó un perfil psicoanalítico de cada unos de sus compañeros, apuntando quiénes estaban estancados en la negación y quiénes se habían trasladado a la rabia, la depresión o la negociación.
Para casi toda la directiva de los Mets, el memo fue una broma ingeniosa. Sin embargo, para Jeff Wilpon, vicepresidente ejecutivo del club e hijo del principal propietario Fred Wilpon, sería un documento útil durante un largo y terapéutico invierno. Lo guardaba en su escritorio y lo sacaba para añadirle notas en los márgenes o para actualizar el estado emocional de sus empleados.
El memo se quedó en el escritorio de Wilpon hasta el 7 de febrero, el día después de que los Mets realizaron una rueda de prensa para presentar a Johan Santana, el lanzador zurdo de 28 años adquirido a los Minnesota Twins a cambio de cuatro prospectos. Luego de que Santana firmara por seis años y $137.5 millones, Wilpon se acercó a la oficina de Ricco en el estadio Shea con el memo en la mano. "Ya puedes quedarte con esto", le dijo. "Estamos comenzando las cinco etapas de la redención".
Santana, dos veces ganador del premio Cy Young de la Liga Americana, cree haber llegado a Nueva York para encabezar la rotación de abridores de los Mets, quitarle presión al bullpen y conducir al equipo a su primer campeonato de Serie Mundial desde 1986. Y si bien todo eso es cierto, también fue adquirido por otra razón no menos importante: ayudar a la institución a superar su histórico fracaso de la temporada pasada. "Es como si estuviésemos en el Titanic y él fuese nuestro salvavidas", dice el coach de lanzadores de los Mets, Rick Peterson. "Está llegando alguien que puede rejuvenecernos, que puede ayudarnos a sanar".
La llegada de Santana a los entrenamientos de primavera fue discreta para los estándares de Nueva York. Cuando se presentó en el complejo de los Mets en Port St. Lucie, Florida, el 13 de febrero, prácticamente no había nadie para recibirlo. Una tormenta tropical empapaba los campos, y la mayoría de los jugadores -incluyendo a todos los catchers- se había marchado. Pero Santana quería entrenar, así que Randy Niemann, coordinador de pitchers en rehabilitación, tomó un guante mascota y encontró un montículo seco que había estado cubierto con una lona. Por 15 minutos, mientras Jesús, el padre del lanzador, se resguardaba en su carro, el nuevo as de los Mets lanzó bajo la lluvia. "Eso no era lluvia", dice Peterson. "Era agua con cualidades curativas".
Tomando en cuenta todo lo que los Mets sufrieron en el verano y otoño de 2007, se entiende que ahora sean propensos a las exageraciones. Santana no se ve a sí mismo como un símbolo de esperanza y rejuvenecimiento, sino como el catalizador para volver a la cima. Insiste en que los Phillies siguen siendo los favoritos para ganar el Este de la Nacional. Manejando un carrito de golf a través del complejo de los Mets, se para en una tienda de souvenirs repleta de mercancía con su número 57. "No voy a tratar de dármelas de héroe", dice el líder en ponches de la Liga Americana en tres de las últimas cuatro temporadas. "Voy a ser yo mismo. Y ojalá que con mi ayuda podamos hacer que todos se olviden del año pasado".
Santana no vivió la debacle de septiembre. No estaba en el equipo cuando los Mets cometieron seis errores ante los Phillies el día 16, ni cuando botaron una ventaja de cinco carreras ante los Nationals el 26; tampoco cuando, cuatro días después, permitieron siete carreras en el primer inning contra los Marlins. No se encontraba en el clubhouse ese último día de la temporada, cuando el mánager Willie Randolph tenía los ojos rojos de llanto y el jardinero Moisés Alou ardía de furia. "En este momento odio el béisbol", dijo Alou mientras vaciaba su armario.
Durante los próximos cuatro meses los Mets trataron de recuperar su amor por la pelota. El tercera base David Wright se entrenó en el estadio Shea, utilizando los malos recuerdos para motivarse durante sus ejercicios. "Son herramientas de entrenamiento", dijo. El gerente general, Omar Minaya, recibió cartas de apoyo de sus amigos y compartió sus penas con dirigentes de otros equipos, recordándose a sí mismo que los Mets no estaban solos en su agonía. Los Padres habían estado a un strike de llegar a la postemporada cuando Tony Gwynn, de los Brewers, conectó un triple que empató el partido y abrió la puerta a la derrota de San Diego. Pero Minaya sabía que sólo el trabajo podía ayudar.
La última vez que los Mets habían colapsado al final de una temporada, registrando una marca de 12-29 en la última fase de 2004, reaccionaron rápida y dramáticamente.
Despidieron al mánager Art Howe y bajaron de cargo al gerente general Jim Duquette, para contratar enseguida a Randolph y a Minaya, y luego al lanzador Pedro Martínez y al jardinero central Carlos Beltrán. Este año tenían que hacer una jugada igual de drástica para despejar el ambiente lúgubre que se había apoderado del equipo. Cuando la plana mayor del club se reunió el 1 de octubre para analizar la caída, no estaba claro si Randolph iba a regresar. Pero pronto se hizo evidente que no necesitaban un nuevo mánager. Lo que necesitaban era un pitcher abridor, alguien que pudiese tomar la pelota después de una seguidilla de cuatro derrotas y asegurarse de que no hubiese una quinta.
Minaya había pasado dos años buscando a ese caballo. Dos inviernos atrás había tratado de llevarse a Roy Oswalt, de los Astros, y a Carlos Zambrano, de los Cubs. También había intentado firmar a los agentes libres Daisuke Matsuzaka y Barry Zito. En cada oportunidad, los Mets no conseguían cerrar el trato o no querían pagar el precio solicitado. Esta pretemporada había sólo tres ases disponibles en el mercado: Érik Bédard, el zurdo de los Orioles; Dan Haren, el derecho de los Atléticos; y Santana.
Desde el primer momento, los Mets no contaban con los prospectos para tentar a Baltimore ni a Oakland. Cuando las reuniones invernales comenzaron en Nashville el 3 de diciembre, Santana era la única opción atractiva. Sin embargo, si los Twins iban a desprenderse de su estrella, querían a cambio a un pelotero joven y establecido en las Mayores. Los Yankees consideraron entregar al lanzador Phil Hughes, de 21 años, y al jardinero Melky Cabrera, de 23. Los Red Sox pensaron en la posibilidad de dejar partir al pitcher Jon Lester, de 24 años, o al patrullero Jacoby Ellsbury, de la misma edad. Pero cuando los Twins le preguntaron a los Mets por el paracorto José Reyes, también de 24 años, Minaya se negó. Como suele suceder, iba a ser una batalla entre los Yankees y los Red Sox.
A pesar de esto, cada vez que Minaya veía el roster de Minnesota, encontraba una posibilidad de hacer el cambio. Tras haber perdido a Torii Hunter en la agencia libre, los Twins necesitaban un jardinero central y los Mets les podían ofrecer a Carlos Gómez, de 22 años. Los Twins querían pitcheo y los Mets tenían varios prospectos. Cuando las reuniones invernales terminaron el 6 de diciembre con Santana aún en el mercado, Minaya le dijo a Jeff Wilpon: "Creo que vamos a tener otra oportunidad".
"No veo cómo", dijo Wilpon. Decidieron hacer una apuesta: si Minaya se hacía de Santana, Wilpon le compraría un par de zapatos Prada.
Ese mismo día, los Yankees acordaron un contrato de un año con Andy Pettitte, una movida que cambió la dinámica de las negociaciones en torno a Santana. Los Yankees ya no necesitaban un abridor, y los Red Sox podían dejar de preocuparse por estorbar a sus archirrivales. "Anda preparando la tarjeta de crédito", le dijo Minaya a Wilpon.
El dirigente dominicano estaba confiado por dentro, pero en público se mostraba inusualmente callado. No quería crear falsas expectativas. A mediados de enero parecía que la operación más rutilante de los Mets para la temporada 2008 iba a ser el canje con los Nationals para traer al receptor Brian Schneider y el jardinero Ryan Church.
Durante todo el invierno, cada vez que el coach de lanzadores Peterson recibía una llamada de Randolph, contestaba el teléfono con una broma: "¿Conseguimos a Santana?". Ambos se echaban a reír, conscientes de lo precario de las negociaciones. Pero cuando el teléfono de Peterson sonó la última semana de enero, era Minaya, quien lo llamaba con una pregunta muy seria: "¿Qué significaría Santana para nuestro equipo?".
Para encontrar la respuesta, repasaron aquellos traumáticos acontecimientos de septiembre. En los últimos 17 juegos -que incluyeron 12 derrotas- la efectividad del equipo fue desastrosa: 5.96. En la última semana tuvieron que abrir dos novatos, Philip Humber y Mike Pelfrey. Y en el último día de la campaña, el zurdo de 41 años Tom Glavine apenas se mantuvo en el montículo un tercio de entrada ante los Marlins, el peor equipo de la división. Los Mets habían sido, además, testigos directos de la diferencia que puede marcar Santana. Cuando el venezolano lanzó en el Shea en junio, los venció tirando nueve entradas en blanco. "Lo que recuerdo de esa noche fue su pasión y motivación", dice Wright. "Estaba decidido a completar el partido".
Y a estas alturas, para los Mets, la puntada final es lo único que importa. En 2006 perdieron el séptimo juego de la Serie de Campeonato de la Liga Nacional contra los Cardinals. El 2007 lo comenzaron con foja de 22-12 y luego se durmieron por cuatro meses. "Desaparecimos", dice el cerrador Billy Wagner. "Nos confiamos. Era como si dijésemos, 'Somos buenos, vamos a los playoffs, vamos a ganar' ".
Los Mets necesitaban a Santana, y él a los Mets. A fines de mes, ambas partes estaban ansiosas. A través de su agente, Santana le comunicó a los Twins que quería ser canjeado el 29 de enero a más tardar. De no ser así, podría ejercer la cláusula de su contrato que le permitía vetar cualquier traspaso, jugar la temporada con Minnesota y luego marcharse vía agencia libre. La noche del 27 de enero, durante la cena de los cronistas de béisbol de Nueva York, Minaya le dijo a Wilpon que Minnesota quería una última oferta. Los Mets acordaron entregar a Gómez, Humber y el pitcher Kevin Mulvey, un prospecto de 22 años. Más tarde decidieron añadir a otra promesa del montículo, Deolis Guerra, un derecho venezolano de 18 años. Fue Guerra quien redondeó la oferta.
Pero Minaya iba a tener que esperar por sus zapatos Prada. Los Mets tenían un lapso de 72 horas para negociar una extensión de contrato con Santana. Cuando pasaron los tres días, Santana seguía aferrado a sus pretensiones económicas: $140 millones. Los Mets ofrecían $135 millones. El pitcher estaba sentado a la mesa de negociaciones, preparado para rechazar la oferta y regresar a Minnesota. Los Mets no podían dejar que eso sucediese. En el pasado habían tenido éxito reclutando jugadores cara a cara: fueron a República Dominicana a cortejar a Martínez, fueron a Puerto Rico a seducir a Beltrán. Ahora habían logrado traer a Santana desde su casa en Florida hasta sus oficinas corporativas en el Centro Rockefeller.
Wilpon lanzó su mejor oferta. "Le expliqué que somos un negocio de familia, que no nos vamos a ir a ninguna parte, y que no habíamos terminado de mejorar el equipo", dice. Después de que los Mets solicitaron y recibieron una extensión de dos horas para negociar, Santana accedió a una leve rebaja: $137.5 millones.
De un solo golpe, los Mets pasaron de rezagados a favoritos. Cuando Randolph llamó a sus jugadores antes de los entrenamientos primaverales, pudo oír la emoción en sus voces. "No puedes olvidar lo que pasó [el año anterior]", dice Randolph. "Siempre va a estar ahí. Pero ésta es una oportunidad para reivindicarse. Me encanta saber que podemos deshacernos de parte de ese sufrimiento y ese dolor". Incluso Beltrán, usualmente callado y diplomático, está prometiendo triunfos. "Sin Santana, sentíamos que teníamos la oportunidad de ganar nuestra división", dice. "Con él, no tengo dudas. Este año, nosotros somos el equipo a vencer".
Los Mets ya contaban con otro ganador del premio Cy Young, y al principio era difícil saber cómo iba a reaccionar Martínez al nuevo orden. En 2004, cuando los Red Sox lo dejaron como segundo abridor detrás de Curt Schilling, el dominicano no tomó la noticia de la mejor manera. No obstante, Pedro ahora tiene 36 años y viene de una campaña llena de lesiones. La realidad es que necesita toda la ayuda que los Mets puedan ofrecerle. "Ahora puedo respirar", dice Martínez cuando se le pregunta qué significa tener a Santana de compañero. "Es como tomar un vaso enorme de agua fría cuando tienes mucha sed".
También ayuda el hecho de que Santana haya dado muestras de respeto hacia Martínez en el pasado. (Hace dos años el venezolano le pidió un autógrafo a la estrella dominicana). "Aprendí muchas cosas viendo cómo lanzaba", dice Santana. "Aprendí que no hace falta medir siete pies para ponchar a los bateadores. Tienes que cambiar las velocidades, ubicar tus lanzamientos y ayudar siempre a tu equipo. Le pregunté sobre su forma de lanzar el cambio. Es un ganador. Me encanta su actitud".
El sentimiento es correspondido. Santana, dice Martínez, es una superestrella, pero también es "un jugador que se quiere divertir. Es muy fácil llevarse bien con él. Es perfecto para el público de Nueva York. Y tiene un pequeño lado salvaje. . . Es un poco loquito".
El resto de los jugadores de los Mets está completamente de acuerdo. Santana no sólo es "el mejor zurdo del béisbol", según Reyes, sino que además es "una gran persona para tener en el clubhouse. Siempre está sonriendo, siempre está contento. Todo el mundo se lleva bien con un tipo así".
Santana parece haberse sentido en casa desde el primer momento que llegó al vestuario con acento latinoamericano de los Mets. "Uno se siente cómodo porque puedes hablar en tu propio idioma", apunta, "pero, junto con eso, también tenemos estadounidenses. Somos una sola persona. Somos una unidad".
Mientras tanto, Wilpon todavía tenía un asunto del que ocuparse. Manejó hasta una tienda de ropa cerca de su casa en Connecticut, ordenó un par de zapatos Prada de color negro y los hizo enviar a Port St. Lucie. Cuando Minaya llegó a los entrenamientos primaverales, los lujosos zapatos lo estaban esperando.
En estos momentos, todo brilla como nuevo en los Mets. Nadie puede imaginar que arranquen esta temporada como terminaron la anterior. Ése es el poder de Santana.
Sin lanzar una bola, ya puso a su nuevo equipo en la importantísima quinta etapa del dolor: la aceptación.